sábado, 12 de abril de 2014

Mi patria (escorzo de piernas de mujer)

Una patria con un himno susurrado,
con dos cascabeles marrones que brillan,
con vapor de agua castaño
con dos largos mástiles para su enseña.

Tu voz, tus ojos, tu pelo...
mi patria eres tu,
y tus bragas... mi bandera.





domingo, 6 de abril de 2014

Salitre blanco

Sudabas,
y estabas a la par, cubierta de brillos y salitre blanco.
Se me quedó dentro tu aroma, que emana ahora.
No voy a abrir los ojos,
no, aún no.
No hasta que acabe la alegre canción de las pequeñas olas,
no, aún no,
no ahora que, una vez más, que escucho tus gemidos de sirena,
no mientras, otra vez más, rezuma en mi boca tu pálido sabor salado;
no, aún no.





Serpiente de agua

Tuvimos un encuentro prohibido en la playa,
sobre la arena blanca de Luna,
salpicados de burbujas,
entre caricias de pequeñas olas.

Me dijiste que solo oías siseos,
que mis palabras mojaban como los rizos blancos del agua;
y en voz larga y baja me llamaste: "serpiente"...

Es verano, hace calor y se está bien junto al río descansando del largo paseo.
Después de comer tus amigos conversan a la sombra del árbol,
pero tu estas cansada, en una esquina de la mesa.

Apoyas la cabeza sobre los brazos,
el rumor del agua te arrulla,
sientes su frescor,
lo hueles,
su humedad se posa sobre tu piel,
tus párpados dejan traslucir destellos de agua...

Ves que algo se mueve bajo la mesa,
llega hasta tus pies y se detiene,
tantea con delicadeza tus tobillos cansados,
comienza a ascender por tus pantorrillas,
tras su silencioso paso, va dejando un rastro de vellos erectos y temblorosos pincelados de agua,
recorre tus huecos ocultos, tus coronas brillantes y duras, tus labios,
rodea tu cuello encordando varias vueltas tu cuello y hace cima en ti reptando entre tu melena,
entonces los sonidos se convierten en sinuosas palabras,
penetran en ti sondeando tus oídos,
y percibes quedos murmullos que lo acallan todo,
solo se escuchan tus suspiros...y sus siseos.

Ella reanuda su serpenteo,
desciende por la hendidura de la mitad de tu espalda,
dentro de tu vientre algo se agita,
te acurrucas en ti azorada,
y recuerdas...




Se ha hecho un hueco entre tus muslos,
es suave, húmeda...


Una serpiente de agua, en un pic-nic de verano.





domingo, 9 de febrero de 2014

La anciana

Levanta su cabeza la anciana,
sonríe con los ojos entrecerrados,
¡que hermosura su blanca cabellera al viento!





                                                          Fotografía de Mikel Barrero







jueves, 16 de enero de 2014

La inmortalidad

-¿Tu crees que hay algo después? o kaput y ya está?
-Kaput, sin duda, con tanto gusano que se comen todo ¿que va a haber?
Los gusanos devoran la inmortalidad y luego la cagan




Fotografía de Mikel Barrero



martes, 14 de enero de 2014

Fulgor Polar

Tras largo y frío viaje
con un fulgor de escarcha
ilumina el agua






                                                                  Fotografía de Mikel Barrero        

domingo, 12 de enero de 2014

lunes, 23 de diciembre de 2013

Flor y charco

No penséis lo contrario
estoy aquí porque quise
en éste charco, bañada en sus reflejos






 
                                                             Fotografía de Mikel Barrero

Flor y asfalto

Esfuerzate pequeña, 
ponte en pie; llora, rabia, salta, grita 
no te rindas, estás viva.




                                                                Fotografía de Mikel Barrero

Bellota y asfalto

Juguemos pues la vida,
en un duelo a versos
asfalto contra bellota.






                                                            Fotografía de Mikel Barrero

sábado, 16 de noviembre de 2013

Angel negro

Un rayo blanco mató al ángel negro,
bajaron flotando sus alas.







Fotografía de Mikel Barrero
                                                                                                                                         

viernes, 8 de noviembre de 2013

Cicatrices

Enciendo la lamparita baja. Duermes. 
Cuento una docena de tus respiraciones, me gusta verte dormida profundamente; tienes mal dormir, pero ahora lo estás haciendo de libro.
Te cuento otra docena de veces.
Tu brazo está estirado y ahí están ellas,
tus cicatrices,
recuerdos de tu pasado enterrado.
Al principio no fue fácil encontrarlas, pero cuando me las descubriste, cuando me explicaste todo, tus intentos de suicidio en el pasado cercano, aquella vida invivible, tu rabia, tu confusión, tu rebelo...las miro con cariño. Son letras impresas en tu brazo, son tú y me gusta mirarlas, mirarte.
Brillan por el refilar de la luz,
ya dejaron de gritar ahora están calladas.
Quedaron ahí y les agradezco que no se hicieran más profundas, más fuertes, más grandes.
En tu brazo se ve la cremallera de los puntos que un día, o noche, unieron tu piel. En la oscuridad parecen el brillar de una sonrisa que expresa que ya pasó todo.
Las miro,
las acaricio,
siento latir tu sangre por ellas,
cuento una docena de pálpitos y otra docena de tus respiraciones.







Bellas, incrustadas entre el bosquejo colorido de tus tatuajes, recuerdo de tu pasado, una sonrisa que brilla...tú.
Te beso,
las beso,
sigues durmiendo,
te acaricio y las vuelvo a acariciar,
se dibuja una sonrisa en tus labios, tus cicatrices también sonríen, todo va bien.
Apago la luz, me va invadiendo el sueño, aquí, junto a ti...                                               







miércoles, 16 de octubre de 2013

Paso de cebra


Un domingo cualquiera por la mañana.

Llego a un paso de cebra con semáforo,
está en rojo,
miro a izquierda y derecha,
no hay ningún coche a la vista,
cruzo la calle sin pisar las rayas blancas ni esperar a que se ponga "en verde".

Los niños preguntan por qué paso sin esperar la señal y los padres recriminan mi conducta.
En la acera ellos, todos con deportivas y chándales, esperan a que el semáforo les de permiso para pasar, luce el verde y empiezan a cruzar.
Los niños han oído que a las cebras no les gusta que les pisen las rayas blancas y no lo hacen ellos, ni dejan que lo hagan sus padres. Pisan las negras y cuando van por la mitad, alguien pisa una raya blanca y … todos caen; de inmediato son tragados por el asfalto y desaparecen. Era una trampa.
Antes de perderse en las profundidades, algunos consiguen agarrarse a los bordes de las rayas blancas; solo se ven sus manos, pero por poco tiempo. Las rayas blancas se cierran de golpe y después de un chasquido quedan unos dedos cortados en la calzada.
Las gaviotas -que sobrevuelan las calles los domingos por la mañana- se llevan los dedos para dárselos de comer a sus pollos.

Luego pasa la máquina limpiacalles y allí parece que no ha pasado nada.

Al poco el semáforo vuelve a estar en rojo. Más padres con sus niños en deportivas se paran cívicamente esperando a que el semáforo se ponga en verde.





                                                          Fotografía de Mikel Barrero





sábado, 17 de noviembre de 2012

El transportista.



Unos minutos antes de morir, se incorporó en la cama con imprevista vitalidad y nos sonrió. Nos comunicó que vendrían a recogerla. Que la envolverían en un manto en la que su vida estaría bordada y la transportarían a un cuento bueno, nos dijo sonriendo.
Con ella las sorpresas era lo habitual, pero aquello era demasiado, deliraba.
Le habíamos dicho que no podíamos trasladarla a África, pero que sus cenizas sí, en un futuro viaje.
-No hace falta, el transportista se encargará- nos contestó.
Si, deliraba.

Llevaba dos años trabajando en nuestra casa y la echaríamos muchísimo en falta.
Se presentó una mañana de mucho frío, enviada por la agencia. Desde el primer momento aquella sonrisa y su manera de comunicarse, a pesar de su todavía escaso vocabulario, nos cautivaron. Era persona de convicciones y carácter sólidos. Lo demostró a los pocos días, para nuestra sorpresa.
Estábamos los tres en la sala. Mi mujer, embutida en el ordenador, ignorando la pelotera que manteníamos nuestra hija y yo por el mando del televisor. El ambiente era el habitual en aquella hora. Yo, película, ella, serie; discutíamos por el derecho de pernada sobre el aparatito, provocador de aburrimiento y pendencia.
Ella nos miraba seria; no le gustaba nada ver el televisor, pero le apetecía estar en nuestra compañía aquel tiempo, antes de irse a la cama.
Se sentaba en una silla, en el lateral del sofá, y repartía miradas entre nosotros, los objetos de la casa, sus manos y la ventana.
Llevaba un par de semanas en casa y siempre después de cenar ocurría lo mismo. Estaba harta y lo demostró actuando de la siguiente manera:
Se fue de la sala para aparecer con una escoba en la mano, una palangana verde en la cabeza y una sonrisa inmensa. Se plantó en mitad de la estancia y pidió atención y silencio después de sobresaltarnos al dar varios golpes sobre la tarima con el mango, a modo de bastón de mando.
Captada nuestra total atención y después de apagar a petición suya los aparatos, nos dijo que iba a contarnos un cuento africano.
Así era como se hacía en su pueblo dijo, cuando alguien tenía algo que contar. A pesar de emplear palabras que no comprendíamos se hizo entender y nos embobó con un cuento que nos transportó a sus sabanas africanas. Nos habló del esfuerzo de trasladarse a diario en busca de agua y de lo que podía suceder al auxiliar a una anciana que no podía cumplir ya con ésa tarea. Nos convenció que aquel león que les aguardaba agazapado, desistió de darles caza por intervención de la mujer socorrida por ella y sus tres hermanas. Nos envolvió en la fábula.


                                       Dibujo de Mikel Barrero



A partir de aquel día, primero ella y después todos nosotros, incluyendo visitas ocasionales, nos alternábamos para contarnos, escoba en mano y palangana en la cabeza, en aquel dichoso tiempo los sucesos del día o cualquier tipo de leyenda, historia o cuento que aprendimos a recopilar.
Era tan divertido, que se convirtió en habitual.
Cualquier cosa valía, y después nos marchábamos a la cama satisfechos y con la imaginación predispuesta para ser invadida de sueños que rara vez dejaban paso a las pesadillas.
Nos fuimos conociendo más y con menos palabras nos entendíamos mejor.
En una ocasión, por petición expresa de nuestra hija, acudió a su clase como cuentacuentos. No quiso hacerlo más por no desatender, dijo, las tareas domésticas, pero, debido al éxito de lo que constituyó un pequeño acontecimiento, una vez al mes, con una escoba y palangana verde en la cabeza, nuestra hija contaba el relato que más le había gustado en aquel espacio de tiempo. Supuso un premio a su insistencia por llevarla a la escuela.
Aquella mujer nos atrapó en sus pensamientos una y otra vez.
Una perla que nos hizo pensar a todos nosotros, fue cuando afirmó que los europeos eran dueños de su historia, con sus engaños y verdades. Decía que los africanos pertenecían a sus cuentos, eran parte de ellos. Nos pareció sutil la diferencia entre ser dueños de los acontecimientos o formar parte de ellos.
Afirmaba que, al vivir, cada sujeto iba escribiendo el suyo y que si al final de su vida la manera de transcurrir había sido provechosa, se convertía en un cuento bueno. Al contrario, si su vida había sido mala, el cuento que resultase de ella inquietaría a las personas, ocasionando pesadillas, y pronto sería olvidado.
La muerte decía, no era grave. Lo substancial era la vida y lo que se recordase de ella.
Nos dijo que si nuestra vida había resultado provechosa, la memoria de los cuentos enviaba al transportista para incluirnos en la tradición oral africana.
Ahora que se nos iba, la tranquilidad con la que afrontaba el trance y la convicción de que sería incluida entre los buenos recuerdos, nos llenaba de paz, sorprendiéndonos una vez más.
Al poco, por entre sus blancos dientes, por entre aquella sonrisa, con su último suspiro, se fue.
Nos abrazamos y nos quedamos los tres en una profunda calma.
En breve sería tiempo de incinerarla y guardarla en una urna. Haríamos un viaje a su pueblo africano y depositaríamos sus cenizas en algún lugar escogido.
Comenzamos a hablar de ello, pero nuestra hija nos recordó que ella había dicho que pasaría a recogerla “el transportista”.
Era un momento muy delicado: explicar a la niña que no todo lo que se decía era cierto, que los cuentos, aun siendo algo muy provechoso imaginarlos reales, como aquella mujer lo demostró una y otra vez, no eran verdaderos. Lo que si resultó cierto fue que gracias a ellos, gracias a ella, ahora éramos una familia más unida, nos conocíamos mucho mejor y nuestro futuro se presentaba mucho más prometedor. Aquella mujer negra había transformado nuestras vidas, dándonos mucha luz.
Nuestra hija no quería entenderlo, tenía que venir El transportista para que se cumpliesen las predicciones.
Convinimos, en un apartado cuchicheo mi mujer y yo, hablar con la enfermera y contarle el problema. Podía venir un enfermero y trasladar el cuerpo envuelto en la sábana a otro sitio. Guardaríamos las cenizas hasta que nuestra hija fuese adulta y haríamos aquel viaje a África.
Lo hicimos y, en un minuto, entró el suplantador de El transportista. Era un enfermero alto, fuerte y además, se dio la feliz coincidencia de que también era negro.
La envolvió con ternura en la sábana, mientras le susurraba una canción. Al terminar, se despidió de nosotros con un abrazo de sus largos brazos en los que entramos los tres…y se fue, llevándosela de nuestro lado.
Quedamos en silencio; nos acercamos a la ventana y nevaba. Nos acordamos de la alegría que le produjo a nuestra amiga, ver por primera vez, aquellos trozos blancos que descendían uno a uno, en silencio, blanqueándolo todo...


Así estábamos, extasiados con la nieve y su recuerdo, cuando oímos abrirse la puerta...el enfermero que anteriormente habíamos solicitado, acudía a recoger a la fallecida.





domingo, 30 de septiembre de 2012

Reencuentro y redespedida.

Nos encontramos mediada la mañana, en la playa.
Llovía en pizcas menudas que bajaban lentas, indecisas, empapándolo todo.
Te fuiste haciendo persona, mientras avanzabas por el otro extremo de la playa.
Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, casi nos cruzamos sin reconocernos.
Nos saludamos y desocupamos uno de los paraguas.
Caminamos, hablamos, miramos... mientras el sirimiri, seguía empecinado con su trabajo.
Nos dio la hora de comer.
Fuimos a la Parte Vieja y nos intrincamos entre sus calles, chapoteando más de un charco, siempre juntos, cuerpo a cuerpo bajo el paraguas.
En una tasca nos sentamos ante unos bocatas y agradecimos los olores a fritanga, cuerpos, el serrín del suelo...
Escuchamos conversaciones ajenas, alguna con atención y casi todas olvidándolas al instante.
Se estaba bien en aquel bar, comiendo los generosos bocadillos, mientras ropas y calzados se secaban.
Pasadas más de dos horas, salimos a seguir dando pasos entre la lluvia. Seguía todo igual, las nubes tocaban el suelo.
Subimos a Urgull, revisitando lugares compartidos en nuestra niñez y comentando episodios pasados.
Bajamos por el muelle revisando los barcos uno a uno. Los recordabas, esos y los que ya no estaban.
Volvimos a la playa, compartiendo imágenes repletas de incontables grises que invisibles al Sol, se presentaban ahora en complicidad con secretos silencios que secaban cualquier sonido que quisiera imponerse al producido por las infinitas colisiones de aquel polvo de agua al estrellarse contra lo que encontrara.
A los dos nos gustaba el sirimiri, pasear entre él en silencio y admirar el tinte brillante con que satinaba lo que tocaba.
Llegamos a donde nos habíamos encontrado. Tras un par de minutos de despedida, se volvería a mojar un paraguas, desde hace unas horas cerrado.
Reconocimos las huellas de nuestro encuentro y volvimos a caminarlas, en un juego; así serían rastro de nuestro reencuentro y de redespedida.
La marea estaba casi en ellas.
Seguían tercas, las diminutas gotas posándose en la arena.
Habíamos cambiado, sí. Tú hacía mucho que te fuiste con aquel inglés.
Alto, bien plantado, divertido, con fantásticos proyectos algunos ya cumplidos, sí.
No te pregunté por él y cuando empezaste a mentarlo te pedí que no lo hicieses, fue un impulso y lo respetaste.
Me dijiste que seguía siendo niño, sí.
Con una sonrisa quitaste el punto de tensión producida por mi petición y esa fue la imagen que me quedó de nuestro encuentro. Esa sonrisa, al cobijo de alguna que otra desnuda arruga de tu cara, que en un instante recorrieron mis ojos, gozándolas una a una.

Y ¡ya!, se iba a acabar todo.
Joder, no quería despedirme y creo que tú tampoco.
Nos quedamos mirándonos en silencio, alguna lágrima se escondió entre las gotas de lluvia...
Y en eso, ocurrió algo que decidió el cómo de nuestra silenciosa despedida:
En un instante se detuvo el sirimiri que nos había acompañado todas las horas y por una grieta en el cielo cayó un rayo de sol, de los últimos.
Al unísono miramos hacia arriba, después el uno al otro y nos regalamos una silenciosa sonrisa y de ella un beso, entre un abrazo mojado.
Una pequeña ola llegó hasta nuestras huellas deshaciéndolas en un instante.
Retomamos nuestros caminos.

Mientras subía las escaleras abandonando la playa, de nuevo empezó a llover,
volví mis ojos hacia ti,
pero ya no te vi,
otra vez la niebla lo ocultaba todo.
















                                                                                                                







sábado, 26 de mayo de 2012

Nube solitaria

Apareció  por la tarde.
Viajaba sola y sin prisa.
Estaba sana, rechoncha.
Se la veía joven y era mas bien pequeña.
Volaba baja y parecía mirar hacia el suelo, como si hubiera algo que buscase. 
La había visto venir y como no tenía nada que hacer, me quedé mirándola mientras se acercaba.
Cuando llegó a donde yo estaba se paró.
Nos quedamos los dos mirándonos sin decirnos nada.
Así estuvimos un buen rato, hasta que el Sol comenzó a acostarse.
Sus últimos rayos, iluminaban dos colinas prietas como labios, pintándolas de carmín. 
Se puso en movimiento hacia ellas, pero antes de perderla en la noche pronta se detuvo un momento, una pequeña traza blanca se desprendió de ella y acudió hacia mi envolviéndome de blanco.
Al poco se disipó y volví a verla. 
La nube ya muy chica, se posaba entre las dos colinas de boca roja.








La noche la ocultó y a mi de ella.

Mientras caminaba hacia casa, me acordé de aquella vez que siendo un chabal pensé que aquí no se me había perdido nada y conseguí embarque como marinero en un barco en el puerto de Pasajes.
Pero en el último momento no lo hice y me perdí en tierra.
Si, creo que hablamos de eso sin palabras.
Te deseo buen viaje, pequeña nube solitaria y viajera.

  

domingo, 25 de diciembre de 2011

La sombra del turbante

Hay algo que quiero decir y que no sé lo que es ni tampoco como hacerlo.
Tiene que ver, una vez más, con la mirada, con lo que ve, con lo que está frente a los ojos y que es lo que sucede, que  ante algo tan simple como que se fije la vista en algo hermoso y no se contempla lo que hay, sino otras cosas que nada tienen que ver con lo que se presenta y por contra no permiten ver lo que se tiene delante, así como está sin más, para el disfrute de los sentidos, sin otras historias...




Un cuerpo hermoso, mostrado pleno, desnudo así sin mentiras ante tus ojos, un regalo sin palabras pero no mudo no, porque si que dice, dice: mírame, aquí estoy ante ti, desconocido.
Mírame más, soy bella y generosa y lo comparto contigo...
Sigue mirándome, deséame si quieres, me puedes ensoñar y disfrutarme.
Puedes mirar cada centímetro de mi piel, sus brillos y reconocer mi sudor en ella.
Sí hazlo y gózame, no hay nada malo en ello.
Me ves bajo la sombra de tu turbante, tus ojos así ven mejor, bien, está bien.






¿No hay espejismos en el desierto?, pues yo soy uno.
Ya estás en ello, así tranquilo. Vas caminando por la arena, subes una gran duna.
Estáis solos tú y tu mehari. Es un buen animal, un compañero leal y valiente. Hace un rato te notó ausente; por tus rodillas te siente todo.
La alarma se presentó en él, pero en un instante te agitaste y él sintió de nuevo correr la sangre por tus venas.
Fui yo, en un espejismo, y así de improvisto no te dio tiempo a dejar de sentir, a pensar en cosas que no tienen que ver ni contigo ni conmigo, que no deberían.
Me viste y esa reacción ante mi cuerpo desnudo y tatuado, de tal manera te sobresaltó que no pudiste más que eso, ver lo hermosa que soy, así sin más, ni menos.
Tu mehari ahora está tranquilo, con el paso más liviano.
La arena sigue crujiendo, paso a paso y a su compás me disuelvo. 
Te entran dudas, quizás te engañaron, , te lo preguntas, porque en mitad del desierto a punto de caer de tu montura, una "perra infiel", tatuada toda, ante ti sin vergüenza, mirando tranquila a tus ojos y...tan bella, preguntando a tus ojos con su mirada, te hizo dudar.
Sigue crujiendo la arena, estás vivo.


domingo, 18 de diciembre de 2011

Somaly Mam


Hay ojos que atraen.
Los de Somaly Mam es fácil que lo haga. Es una mujer bella sí, eso atrae, pero si  si lees unas pocas letras sobre su labor y su vida, entonces es cuando te das cuenta lo que transmite tanto no son sus ojos bonitos, sino su mirar.